Días de pesca

︎por Miguel García

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︎ San Andrés de Tumaco, Colombia.

Estos son los tumaqueños. Estaban tan sorprendidos de verme como yo de estar allá. Era mi segunda visita a esta localidad y llegué con la asignación de cubrir una historia sobre la entrega de ayuda humanitaria a las víctimas de las inundaciones provocadas por el desbordamiento del Río Mira.

La vida en San Andrés de Tumaco es dura, siempre lo ha sido, su historia es de lucha constante, ha sobrevivido a todas las violencias, de la naturaleza y de los hombres. Y sigue en pie. Cada día trae su afán y para las comunidades que allí habitan eso significa levantarse, sacudirse y seguir adelante.

San Andrés de Tumaco es el segundo puerto más importante sobre el pacífico colombiano después de Buenaventura. Tumaco está en el departamento de Nariño, muy al sur, en la frontera con el Ecuador.

Además de mi asignación, me interesaba fotografiar algo de la vida tumaqueña diferente a lo que usualmente se ve en las noticias. Por ejemplo, que sus habitantes son una gente recia, noble, sencilla, conviven con la adversidad, han vivido a la sombra de la iniquidad, sobrevivido a la ilegalidad, el narcotráfico y la violencia, incluso al tsunami que el 12 de diciembre de 1979 destrozó esta comunidad de pescadores y campesinos. Aquí nada es gratis.

Aquel día, a nuestra llegada a la zona ribereña del Río Mira, lo más intenso de la lluvia ya había pasado, pero el río seguía crecido, revuelto. El caudal de las aguas, que unos pocos días antes había arrancado esos inmensos árboles de raíz, aún rugía y arrastraba los escombros de la destrucción causada por su apetito.

La emergencia ya había pasado, los habitantes de las veredas sobre el río Mira quisieron permanecer ahí pese a que el río los había dejado sin nada más que unos cuantos trastos y algunos animales vivos; escaseaban el agua y los alimentos; hacía calor, había mucha humedad en el ambiente, despuntaba una llovizna pertinaz y debíamos navegar de regreso a Tumaco en la chalupa… mientras esperábamos y aprovechando el respiro que nos daba la naturaleza, hablábamos de banalidades para no pensar en nuestro regreso ni en el hecho de que ellos debían seguir allí, resistiendo.

En un momento hermoso, cuando la hoguera crecía y como para celebrar el fin de lo peor del invierno, las mujeres mayores empezaron a cantar y bailar para subir el ánimo mientras hervía la olla comunitaria; ese día hubo comida caliente para todos.

Al día siguiente, ya en Tumaco, me preparaba para regresar a Bogotá. No había logrado mi historia -en otra oportunidad será-, pensé. Al llegar al aeropuerto veo a los demás pasajeros sentados en la cafetería, haciendo llamadas, cancelando citas, “no hay vuelo hoy”- por no sé qué cosa según me dice el encargado, no quise preguntar-, “salimos mañana a primera hora, la aerolínea se encarga del hotel”, fue lo único que quise entender, ahora contaba con toda una tarde para hacer una historia, si se quiere más íntima de este puerto, que mostrara algo del diario vivir diferente a lo que había hecho hasta ahora.

Los recursos ahora eran limitados, de manera que tomé la cámara y salí a dar un paseo para lograr imágenes de la cotidianidad que me habían sido esquivas en mi primer viaje; fui al mercado, al muelle, a los astilleros, a las pesqueras, a todos los sitios a donde no había podido estar, como siguiendo un olfato reporteril.

Lo mejor de la pesca que traen los botes que salen a la madrugada se vende en estos muelles a lo largo del embarcadero: mariscos, camarones, langostas, rayas, pargos, atunes, en fin, una gran variedad de frutos del mar que se procesan, empacan y congelan para vender en los mercados de las grandes ciudades.

Mientras caminaba por el mercado o por el muelle buscando la historia, sentía la mirada vigilante, curiosa, inquieta y en cierta medida desconfiada de todos los que me veían pasar. Se escucha un gran alboroto cuando aparece el bote de pequeño calado, me mezclo en el gentío, cruzo miradas con un grupo de niños que se reúnen bajo un puente vial, cerca de donde se vierten las aguas hervidas, en la ruta de salida de una pequeña ciénaga al mar.

Se siente un sopor en el ambiente que dificulta la respiración; estos chicos se acercan al bote recién llegado, van a comprar, por unos pocos pesos, todo lo que sobra de la pesca como la cola de una raya, peces sin desarrollar y demasiado pequeños para ser nutritivos. Los compran para venderlos en sus barriadas o comer en sus casas y veredas. Yo solo estoy ahí husmeando, ellos me miran, sonríen, juguetean frente a la cámara, siguen en lo suyo.

Ya empezó a bajar el sol, la luz natural dejó de ser una aliada en esta incursión, creo que logré mi propósito, voy de regreso al hotel en una moto-taxi, a unos metros del recorrido ya me siento abstraído de esa realidad, de suerte que tengo el testimonio de las fotos.


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