Mompox

La travesía del olvido

︎por Miguel García

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︎Texto: Lila Esther Silgado Villadiego
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︎Santa Cruz de Mompox, Colombia.

El amanecer fue durante un camino de cuatro horas desde Montería, el despertar: en Magangué, donde solo por unos minutos se puede disfrutar del contraste entre el cielo y la iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria, una joya que refulge a orillas del Magdalena, antes de que las perturbadoras voces de quienes promocionan la salida de la próxima chalupa con destino a Bodega irrumpan con sus chillidos y regateos, con arrebato de maleta incluido, para ganarse la primera moneda del día. Son las siete y ya se consigue jugo de naranja y la pintoresca escena de un embarcadero, pero pasaría una hora para iniciar un hermoso recorrido de 15 minutos por un río que ha sido la arteria principal de Colombia, pero olvidado a causa de la ambición.

Todos llevan prisa, a pesar de que parezca que el tiempo se ha detenido. Las guías de viaje y las páginas de internet lo advierten: el transporte sale a la hora que se llene. Es domingo, falta una persona para arrancar y entre todos se decide pagar el pasaje adicional con tal de avanzar. Corriendo, con la sonrisa del que se siente afortunado porque alcanzó su chance de irse, llega el pasajero que faltaba, pero el dinero de la colecta nunca vuelve a sus dueños.

El sol brilla sobre el agua –o el agua con el sol-, el orden de los factores no altera el producto, se escucha el motor de la lancha, que como una cuchilla penetra en el agua y la hace estremecer…en las orillas solo se ven pastos infinitamente verdes, aves, majestuosas vacas sagradas –en esta región parecen serlo-. Nueve almas van en silencio, inspiradas por el paisaje.

En Bodega se repite el regateo: alguien rapta el equipaje para conseguir su propina y arrastra al viajero hacia otro medio de transporte: un taxi, como los que uno ve en Bogotá o Nueva York, pero que tiene que campear una carretera con pavimento intermitente y levantar grandes tormentas de polvo: el río se llevo pedazos completos en la última gran creciente y sigue igual. Cuarenta minutos aún son necesarios para llegar a Mompox, la tierra prometida, la tierra de Dios.

Mompox: Los 35 grados centígrados de temperatura –que podrían ser más, pero nadie se atreverá a admitirlo-, son como un golpe en la cara y el 62 por ciento de humedad relativa, sencillamente hace que la ropa se adhiera al cuerpo como en el empaque al vacío.

Todavía es domingo, pero parece que hubiera transcurrido un día más y los fantasmas se hubieran tomado el pueblo. De los 42 mil habitantes que reportó el Departamento Nacional de Estadística (DANE) en 2010 y los 44 mil que aseguró José, el guía, tiene Santa Cruz de Mompox, solo hay decenas en las calles. Luego de una rechazada oferta de desayuno continental (¿quién va a querer lo mismo que come en Bogotá todos los días?) los sabores típicos de la arepa e´ huevo con jugo e´corozo, avena y carimañolas del puesto callejero de enfrente del Colegio Pinillos, un claustro digno de conocer, y diagonal a la Plaza Santo Domingo, hacen que la espera valiera la pena. Todavía hay mucho por recorrer.

Debe ser que todos están escondidos… tal vez cansados de ser, generación tras generación, espectadores de todos los que pisaron estas tierras para adentrarse o salir del interior colombiano. No. Más tarde, cuando baja el sol, empiezan a salir, a conquistar con sus palabras y gestos amables a los turistas –se ven de todas partes del mundo, con todos los idiomas y acentos-y, lo mejor, a abrir las puertas de sus casas para sentarse a recibir la brisa fresca. En Mompox, que a raíz de ser patrimonio arquitectónico de la humanidad (UNESCO 2000) aparece en las guías de viaje de mochileros, no hay áreas restringidas, no hay entradas prohibidas. El que quiera puede seguir a las casas, observar sus patios coloniales, algunos con sus fuentes, otros con piscinas y con sus tradicionales mecedoras. Incluso, después del almuerzo en el Comedor Costeño de la Albarrada, con su menú exhibido en un tablero acrílico y cuyas letras danzantes dan cuenta de las delicias típicas por disfrutar, el comensal es bienvenido para lavarse las manos cerca de la cocina, que se parece a la de cualquier casa de abuela.

Un catolicismo heredado, -y forzado, como en muchas colonias españolas, se respira en el aire y en el hecho de que Mompox, una de las poblaciones más católicas de Bolívar y célebre por su esplendorosa Semana Santa, tenga seis iglesias. Está la de San Agustín; la de Santo Domingo; la de La Concepción, enfrente de la Aduana, hoy un edificio abandonado, pero en su esplendor el testigo de toda la riqueza que salió de Las Indias o llegó proveniente de Europa; la de Santa Bárbara, una de las más legendarias; la de la orden de los hospitalarios y la de San Francisco. Cada una tiene su historia, riquezas, santos y seguidores.

En ese mismo espíritu, luego de un trasegar de vida, al final de una calle, como un presagio, está el cementerio, que es conveniente visitar al crepúsculo, donde como una metáfora muere la luz del sol y en cuyo portal como frase de promoción “se confina la vida con la muerte”. Allí los epitafios y los cenitafios –tumbas sin cuerpos-, además de esculturas de los personajes, franquean la entrada de los que llegan y de los que no abandonarán jamás sus dominios.

Nadie que hable de Mompox puede pasar por alto su joyería en filigrana –el arte de tener paciencia- y cuyos hilos han entretejido miles de talentos e historias. Y mientras antes la filigrana se hacía en oro como símbolo de la riqueza de toda una región, el consumo, que afecta hasta los rincones más recónditos del mundo, cambió ese patrón: ahora la filigrana es de plata y con humildad la siguen tejiendo manos laboriosas que trabajan en silencio y que van envejeciendo poco a poco, pues los jóvenes ya no encuentran virtud en esta costumbre única que dio identidad a los momposinos.

Queda magia en Mompox, pero mucha se ha ido con la falta de atención de los que rigen sus destinos. Algunas construcciones se muestran en todo su esplendor, mientras las demás sufren desconsoladas el paso del tiempo y de los que no tienen casa. Lo que fuera otrora una de las ciudades más importantes del país, por donde pasaran todos los que entraban o salían de Colombia, ahora es una población lejana, a la cual, si se quiere llegar, es necesario realizar la travesía del olvido.


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