Púrpura profundo

450 años de tradición sacra

︎por Miguel García

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︎Pamplona, Colombia.

Era la noche del miércoles santo, llovía copiosamente en Pamplona. Como cada año, salió la procesión que se hace en homenaje a Jesús Nazareno desde la iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Pese a la lluvia, la multitud se agolpaba en las calles a ver pasar la procesión.

Detrás del paso de la Santa Cruz salió el de San Juan, luego, el de San Pedro, más atrás el paso de la Magdalena seguido por el de la Verónica; luego, salió el paso conocido como el de las Tres marías; se trata de un paso grande y pesado que describe el encuentro de Jesús con María su madre, María Magdalena y María Cleofás en su camino al Gólgota; las cuatro figuras estaban acomodadas en un anda, adornadas con crisantemos amarillos, pompones lila y ramas de mirto; el rostro de Jesús iba iluminado por lámparas que obtenían su luz de la batería de un Chevrolet 58.

Vicencio Jaimes, albañil y ebanista de oficio; esa noche, como hacía más de cuarenta y cinco años, servía como penitente carguero en la Semana santa. Junto con otros siete nazarenos llevaba a cuestas a las Tres Marías. Vicencio sigue con rigor la tradición de los penitentes en Pamplona, viste túnica púrpura, capirote para cubrir el rostro, un pañuelo blanco amarrado al cuello, así como un cinturón hecho en fique y cuero, calza alpargatas tejidas.

Los cargueros de la Semana santa son miembros de la Hermandad de Jesús Nazareno. “Son esos hombres sencillos, creyentes, que sienten el peso de la cruz, que caminan con Jesús, identificados con el Nazareno.” Dice Monseñor Rafael Lizcano, director de Educación Pastoral de la Arquidiócesis de Nueva Pamplona.

“Nosotros estamos organizados en cada paso de acuerdo con la estatura y si se es derecho o izquierdo (sic) para que cada uno vaya por su lado, ya cada uno sabe que paso tiene y que lugar le corresponde”, dice Clemente Villamizar, conductor de oficio y carguero por devoción. “Cuando no estamos cargando, somos directores de paso, coordinamos a los compañeros, que vayan bien, que no se cansen, vigilar que no se enreden los pasos en los cables de luz o de teléfono.”

Pero aquella noche lluviosa no fue así. Atrás, en la esquina derecha del paso, va Vicencio. En cada paso que da siente como se le inflama la hernia que tiene en la ingle; el carguero que va al otro extremo del barrote del anda, por ser más bajo en estatura, descarga todo el peso sobre él.

Vicencio no estaba bien, sentía como se reventaba la ingle, el capirote mojado por la lluvia ocultaba el sudor frío que brotaba de su frente no dejando ver el tremendo esfuerzo que hacía. El director del paso, su amigo, su hermano, Alejandro Méndez, aunque no podía ver su esfuerzo en el rostro, notó que Vicencio caminaba con dificultad. Esperó, tal vez está un poco cansado, igual, es un hombre que asoma a los 70 años de edad.

“Nosotros nos cubrimos el rostro no porque sintamos vergüenza; sería bueno no cubrirnos el rostro cuando vamos haciendo fuerza porque nuestro señor no se cubrió el rostro cuando llevaba la cruz a cuestas; sino que nuestro objetivo es imitar a Jesús Nazareno, nosotros nos cubrimos el rostro por el respeto que merece lo que hacemos”, explica Clemente.

La procesión avanzó unos metros más, al llegar a la calle de la Iglesia de Santo Domingo, Alejandro Méndez se acercó con preocupación y le preguntó a Vicencio: “¿cómo va?”. Este le respondió: “estoy mal, me está sentado mucho el barrote y me salió una hernia, me duele mucho la ingle.”

Era inevitable, Vicencio debía salir, ya no podía seguir cargando; Alejandro Méndez tenía que tomar una decisión que permitiera el curso de la procesión y evitarle la pena del relevo a este hombre con 45 años en el oficio de penitente; sabía que lo que estaba por hacer cambiaría la historia de la Semana santa en Pamplona para siempre.

Entonces, buscó un reemplazó para Vicencio, y, como Simón de Cirene de camino al Gólgota en la segunda caída de Jesús, le quitó el peso de su cruz para que aliviara el dolor de su propio vía crucis. “Alejandro Méndez se me acercó y me dijo, “es mejor que se salga, le está sentando mucho el barrote”. Me sacó y quedé suelto. Yo seguí caminando al pie del paso hasta que terminó la procesión, porque como iba revestido de púrpura tenia que andar la procesión hasta que entrara otra vez a la iglesia del Carmen, así se hizo.”

Vicencio siguió el camino en silencio, con el dolor palpitante en la ingle, veía mecerse el anda en cada paso coordinado mientras escuchaba las avemarías. Esta vez el dolor calaba más hondo. Sería la última vez que cargaría un paso en la Semana santa; esa noche lluviosa hace más de 40 años cambió una tradición sacra para siempre y Vicencio se convirtió en una leyenda.

La Cofradía de la Vera Cruz fue creada en 1553 por iniciativa de los curas doctrineros agustinos para apoyar el trabajo evangelizador de la conquista, a solo cuatro años de la fundación de Pamplona de Indias por Pedro de Ursúa.

Posteriormente, con la consagración de la Ermita del Cristo del Humilladero, construida en los caminos que conducían a San José de Cúcuta y Pamplonita, la de la Veracruz cambió para ser conocida como la Cofradía del Cristo del Humilladero. Solo hasta la década de 1950, con la gestión del sacerdote Evaristo Peinado, se le dio el nombre que tiene hoy, Hermandad de Jesús Nazareno.

En Pamplona, esta herencia vive en las familias, se pasa la posta generacional de la penitencia, se sabe de familias que aportan hasta con ocho de sus miembros a los nazarenos; “por eso, nuestras raíces no se pierden, esa es la tradición de nuestra ciudad, ustedes lo pueden ver en la multitud de gente que asiste a las procesiones, eso es lo bello de esta ciudad, su fe”; agrega Clemente.

Una procesión representativa de la Semana santa pamplonesa es la del desande, se hace sobre las doce de la noche del viernes santo, en sentido contrario a la procesión del Santo Sepulcro; en el desande las gentes se mezclan con los penitentes.

“Cada viernes santo hay un penitente al que se le encarga la misión de llevar una cruz bastante pesada, en tiempos de mi padre estos hombres caminaban descalzos y tenían que cargar la cruz como en las estaciones del vía crucis de Jesucristo.” Recuerda Francisco, hijo de Vicencio. “En una de esas oportunidades mi papá cargó la cruz. A uno le llamaba la atención ir a mirar el sufrimiento de esa gente, terminaban con los hombros morados; también salían personas que se flagelaban, se amarraban cadenas y se daban latigazos. Es una memoria que me quedó marcada, algunas veces se sentía uno orgulloso de ver al papá allá cargando la cruz aunque no entendiera por qué.”

Ana Cleofe Villamizar de Jaimes (se casó con Vicencio en 1968): “creo que el desempeño de mi esposo como penitente ha sido un sacrificio, no solo por el orgullo del reconocimiento sino por las heridas en su cuerpo. De eso se trata hacer penitencia, porque eso lo ayudaba mucho a su mentalidad y su vida espiritual, eso fue lo que lo ayudo a salir adelante, tuvo una vida muy dura”; sostiene.

En los años siguientes a su retiro, Vicencio continuó al servicio laico de iglesia pero no cargó más. Con nostalgia se tuvo que acostumbrar a ver pasar las procesiones de la Semana mayor parado en alguna esquina del recorrido.

Vicencio Jaimes nació el 28 de diciembre de 1903, día de los santos inocentes, como si estuviera destinado a llevar la vida de un santo; como la que tuvo Luis Contreras quien era penitente destacado de la Hermandad de Nazarenos, un hombre consagrado a su familia, a su trabajo y al servicio de la iglesia. Luis nunca se casó y no tuvo hijos. Su vida fue lo más cercano a un sacerdocio; y aunque cargaba su propia cruz, llevaba el hábito sólo los días santos con el rostro cubierto por el capirote, en silencio.

Clemente Villamizar recuerda: “Desde el día en el que tomé el juramento he dedicado parte de mi vida a la Hermandad. Hacer esta penitencia es una vocación, como el que quiere ser sacerdote. Lo que más caracteriza la Semana santa en Pamplona es nuestra tradición y cultura religiosa. Nuestra hermandad perdura, se renueva, por eso tenemos más de 460 años de historia y 380 nazarenos activos”, dice.

“ La Semana Santa, en el fondo, es una experiencia de Dios para el Nazareno, para la gente que contempla una procesión”. Recalca Monseñor Lizcano; “la procesión no es un desfile de reina de belleza, se trata de una serie de mensajes, es la conciencia de identidad del pueblo de Dios y eso se graba en el alma. Esa fe mantenida a lo largo de los siglos dice mucho.”

Vicencio Jaimes vivió 106 años. Nuestro encuentro se dio poco tiempo antes de su muerte, estaba ciego y casi inmóvil, recordaba con vivacidad las memorias de su historia como penitente. Sobrevivió a todos los de su generación; tuvo 11 hijos, cuatro de ellos varones, y ninguno siguió el camino de la penitencia. Su vida como nazareno, su memoria, es la herencia que ha perdurado en Pamplona por más de cuatro siglos y medio.


*Dedicado a quienes viven, honran y mantienen la memoria de esta tradición.


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